martes, 17 de agosto de 2010

El rey de las vainas inútiles

Carlos Oriol es un hombre de pocos logros. Poquísimos.

Nadie puede imaginar que detrás de ese rostro blando y esas facciones comunes se oculta el espíritu de un líder, un corazón solitario que emprendió hace tiempo un camino cargado de frustraciones y logros infravalorados. En fin, toda una existencia dedicada la incansable persecución de cosas inútiles.

Apenas llegué a la entrada de su departamento empecé a experimentar la naturaleza de su grandeza. Yo mismo me consideraba un inútil, por lo que la historia de Oriol me interesó desde el principio e insistí en encargarme de ella. También lo hice, como buen inútil, para sacarle el cuerpo a otras cosas. Quería ver que podía aprender de él, con el mínimo esfuerzo desde luego.

Toqué el timbre un par de veces sin recibir respuesta, lo cual no debería haberme sorprendido, pues era evidente que el timbre no funcionaría. Golpeé también a la puerta un par de veces y nada.

"¿Qué haré ahora?" me pregunté al ver la complicada cerradura metálica, de color plateado con remaches de acero dorados y decoración barroca, que parecía trancar la puerta a cal y canto. El acertijo tenía una respuesta era evidente: la cerradura no servía, así que pasé y nada más.

Una pequeña habitación recargadísima de objetos de todos los tamaños me recibió. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra descubrí que estaba rodeado de innumerables cosas inútiles: mesas de superficie inclinada, sillas que carecían de asiento, cuadros sin pinturas, unos objetos enormes que se asemejaban a lámparas pero sin bombillo… en fin, cachivaches por doquier.

- Así que este es el refugio del héroe – me dije en voz alta, sin poder esconder mi emoción casi infantil.

De repente, Carlos Oriol emergió por el umbral de una de las puertas que, por cierto, yacía desvencijada a un lado y que daba acceso a lo que creo era la cocina.

- Lo siento, estaba contestando una llamada... usted debe ser quien viene a entrevistarme.
- Exactamente Maestro - dije muy nervioso.
- Disculpe que no lo invite a sentarse pero no tengo ninguna silla que sirva. Como verá, mi cortesía es inútil - respondió.

Que clase! Oriol exudaba grandeza por todos los poros de su cuerpo, se movía con la delicadeza de una bailarina gorda que ensayaba en secreto una danza sólo para ella.

- Me decía que estaba contestando una llamada - atreví a preguntar.
- Si, es una de esas raras ocasiones en que hablo por teléfono. Aquí en la casa ninguno sirve, este fue un celular que me enviaron por correo especialmente para la ocasión. Me han galardonado con un premio, “El Inútil de Titanio y Diamantes” se llama. La verdad, no entregan nada, ni estatua ni dinero ni diploma, sólo te notifican por teléfono; ni siquiera le avisan a la prensa, nadie se entera. Como podrá ver, este premio es inútil.
- Oh, gracias por recibirme entonces y disculpe que lo haya interrumpido.
- No es nada - replicó - El celular se me cayó "accidentalmente" en la poceta y apenas pudimos hablar. Así, el esfuerzo por enviarme el teléfono fue totalmente inútil.

Sentía que mi corazón latía muy deprisa, como queriendo salírseme del pecho, al compartir este momento tan inútil en presencia de este hombre... en verdad, es más que un simple hombre: es un titán que sostiene sobre sus hombros el mundo y hasta el universo de la inutilidad.

- Entonces, usted es entrevistador de esta página web, la que nadie conoce - preguntó.
- Si señor - respondí con cierta vergüenza, al escuchar tan grande verdad.
- Excelente!!! De ninguna otra forma hubiese aceptado esta entrevista!!! Este tiempo será entonces realmente inútil - declaró sonriente.

Fue entonces cuando decidí jugar esa carta que llevaba bajo la manga para que la entrevista fuera un fracaso exitoso: mostrarle a Oriol que ante él tenía a un admirador, un discípulo de su sabiduría.

- Y tengo que confesarle, Maestro, que no traje nada para apuntar sus respuestas, ni grabarlas. Así, mi visita, mi tiempo y mi esfuerzo serán inútiles también.
- Caramba, muy bien, me honra con tal atención - replicó - Pero venga, hágame una pregunta para que perdamos el tiempo como debe ser, le daré la peor respuesta posible.
- Honor que me hace usted a mí - respondí con el tono más jalabola posible, tratando inútilmente de disimularlo; tenía que esmerarme con la pregunta - Pues dígame entonces: ¿a usted le gustan más los días lluviosos o los perros calientes los come con todo o sin cebolla y sin mostaza?

Yo sabía que había dado en el clavo con mi pregunta. Eso lo haría entrar en confianza al saber que estaba con alguien que apreciaba su filosofía existencial.

- Para uno que es humilde y no tiene patrocinante, es bien difícil ser un inútil reconocido - procedía entonces a explicarme con detalle - quiero decir, por allí andan un montón de inútiles, que no tienen idea de nada y que encima les pagan. Por ejemplo, los políticos, esos son los peores: no hacen nada, les pagan y encima roban. A los amateurs nos tienen jodidos. En conclusión, a mi lo que me gustan son las cotufas acarameladas.

No pude soportarlo más y empecé a llorar a moco tendido. Sentía hasta los tobillos empapados con las lágrimas y mis medias empezaban a desteñirse. Estaba quebrado de la emoción.

- Lo siento Maestro - alcancé apenas a murmurar entre sollozos - pero es q...
- Basta, basta!!! - me interrumpió con voz potente - debo pedirle que se marche para que su visita haya sido inútil y el tiempo que he empleado en ella también.
- Entiendo perfectamente - me apresuré en responder mientras trataba de limpiarme las lagrimas con la manga corta de mi camisa - conozco el camino de salida, no se preocupe, ya me marcho.
- Como no sirve de nada, lo acompaño gustosamente a la salida. Dígame: ¿publicará algo de esta entrevista?

En esta última frase pude sentir ese desorden psicológico en todo inútil innato. Sentí temor: Oriol podría hacerme perder inútilmente todo el día convenciéndome si le llevaba la contraria. De todos modos, yo no tenía ninguna intención de publicar nada.

- Desde luego que no lo haré. Todo esto ha sido... todo esto ha sido - sentía un nudo en la garganta - todo esto ha sido... completa... completamente inútil.
- Perfecto!!! - dijo, casi gritando de la felicidad, al llegar a la puerta - por favor, le pido que cierre muy bien al salir.
- Hasta luego Maestro.

El no respondió.

Cerré esmeradamente la puerta con la cerradura dañada y comencé a caminar por el pasillo. Cuando había avanzado un buen trecho sentí que Oriol comenzaba a hablar nuevamente. Desde luego su esfuerzo era inútil, no podía entender lo que decía.

La verdad que este tipo es un genio.

Todos los derechos reservados A.F.

1 comentario:

Anita dijo...

Hermanito tenía tanto tiempo sin pasar por acá. Te felicito. Me encantó este cuento sigue así.