Cuando abrió los ojos se descubrió a si mismo caminando. Hasta parecía saber hacia donde se dirigía, así que dejó que sus pies le condujeran.
Se percartó que la calzada estaba bastante mojada, tanto que a cada paso salpicaba sus (desconocidos) zapatos negros y la parte baja de sus pantalones de gabardina. Era una calle angosta, quizás de un barrio modesto, pero increiblemente bien cuidada y sin baches, de modo que el agua de la lluvia reciente reposaba casi uniformemente sobre toda la superficie. Apenas dos transeúntes caminaban en silencio al otro lado de la calle.
Se detuvo y levantó la mirada hacia el cielo. Notó que llevaba un sombrero, algo que consideraba insólito para si mismo. La luz que inundó sus ojos le indicó que debía ser media tarde y le sorprendió que no hubiera nubes a pesar de lo mojada que estaba la calle. La claridad parecía venir de todos partes, por lo que le resultaba imposible saber si caminaba hacia el este, oeste, norte o sur.
Su mente recordó el sombrero. Se lo quitó, lo giró entre sus manos, le dió vuelta. Estaba hecho de un material ligeramente más oscuro que el traje que vestía y, aunque lucía usado, era sin duda bastante nuevo. Pero buscaba alguna pista más allá de esos detalles superfluos. Nada. De pronto recordó que a su padre le gustaba usar sombreros. Era un recuerdo borroso pero consistente, lo sintió verdadero.
Estimó que todo formaba parte de un sueño. Su ropa, la calle desconocida y casi desolada, la lluvia en la calzada y el cielo despejado. En cierto modo, pensar eso le hizo relajarse.
Siguió caminando con aire ausente, como si no albergara ningún pensamiento en su mente. Al llegar a la esquina, los antes apretujados edificios dieron paso a una claridad casi omnipresente, sentía el sol quemándole la piel de las manos y la humedad flotando en todas partes. Esto no podía ser un sueño, no tan real, no tan vívido.
Mentalmente, empezó a repetir su nombre con la intención de despertarse. Hacía calor, y una gota de sudor comenzó a recorrer su mejilla derecha. Su nombre, una y otra vez.
Su nombre.
Repentinamente, las ideas comenzaron a aclararse y organizarse en su mente, y sintió como si una daga fría se incrustara en su pecho. Estaba seguro que no estaba soñando.
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1 comentario:
El mejor!!! Escribes muy bien. Sigue así. Me encantaaaaaa. Excelente el título, el desarrollo, TODO. Muy bien hecho. Te quiero
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