El aire de la minúscula habitación estaba viciado. En sus esquinas estaban apilados recuerdos, la mayoría demasiado antiguos para tener valor, pero macabramente organizados para que él pudiera consultarlos con terrible eficiencia.
Ya su paciencia se había agotado y sabía que no podría seguir mirando el sol a través de un agujero, de una ventana mugrienta. La humedad dificultaba la respiración y brillaba en las paredes de ese cuartucho en el que había convertido su vida.
El problema era que no podía evitar sentir dolor.
Había desarrollado la terrible capacidad de experimentar todo el sufrimiento posible hasta en el más mínimo detalle de su vida.
Perdió las esperanzas de que alguien, alguna vez, pudiera entenderlo y sentir lo que él sentía.
Su único alimento en estos años había sido la autocompasión. La sensación de que nadie lo entendia lo justificaba todo, hasta el sentirse abatido y solo. Sin embargo, sabía que este último refugio era, al mismo tiempo, su prisión.
En un momento de lucidez descubrió que lo que lo mantenía vivo era su perdición, que su mejor cualidad era su peor defecto. Entendió que hay que morir en el alguna forma para poder vivir, para poder salir de esa habitación.
Lo que no sabía era si tendría éxito.
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1 comentario:
Me encanta que escribas. Con cada entrada publicada siento que vas creciendo y que te vas soltando. Te quiero mucho!!
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