sábado, 23 de octubre de 2010

El árbol de guayaba

Decidió sentarse a descansar un rato. Aún no era tarde, pero no logró reunir suficientes motivos para seguir caminando.

Había un árbol a un par de metros del camino, no demasiado grande, pero si lo suficiente para brindar algo de sombra. Creyó que era un árbol de guayaba, muy parecido a otro que había encontrado hace mucho tiempo. Allí se sentó. En realidad no hacía tanto calor, pero la visión de la sombra del árbol era acogedora y refrescaba el alma.

Optó por quitarse también los zapatos, sacudiendo algo del polvo en ellos. Sintió como sus pies se refrescaban inmediatamente. Se despojó también del sombrero, nunca había entendido por qué decidió comenzar a usarlo, y se secó algunas gotas de sudor de la frente.

Sentado al pie del árbol, sin zapatos y con la cabeza descubierta, con las piernas un poco flexionadas y los brazos apoyados en las rodillas: así descansó un buen rato, moviéndose apenas por efecto de su respiración. Durmió un poco también y lo disfrutó, aunque igual se despertó cansado.

Mientrás se desperezaba, pudo ver al hombre aproximándose, siguiendo el mismo camino que él estaba siguiendo pero en sentido contrario. No pudo distinguir su rostro de inmediato aunque les separaban apenas unos pocos metros; no parecía joven aunque no tenía cuerpo de viejo. Eso si, lucía sin duda cansado.

El hombre abandonó el camino y comenzó a avanzar hacia el árbol. Al llegar dijo:

- ¿Cómo estás?.

Le sorprendió la familiaridad y confianza de la pregunta. ¿Acaso una conversación entre dos extraños puede comenzar así?. Se sintió incómodo y, sin saber por qué, lo consideró una falta de cortesía, aunque también esto le sonaba estúpido de su parte.

- Bien - fue lo primero que acertó a decir. - Cansado - dijo para redondear.
- Todos estamos cansados querido amigo - replicó el hombre mientras se despojaba de su sombrero, dejando ver un rostro viejo pero que daba la impresión de ocultar parte de los años que en realidad tenía.

Todos estamos cansados.

Pensó en lo incómodo que sentía con esta conversación y en cómo podía darle un vuelco. No se le ocurrió mejor manera que haciendo una pregunta para mostrarse interesado.

- El camino por donde ha venido, ¿es muy largo?.
- Siempre depende de a dónde quieras llegar y por qué estás caminando- contesto el viejo-joven.

Vinieron entonces a su mente tantos recuerdos, tantos pensamientos sobre el origen de su caminar. Ya no recordaba bien por qué había comenzado, ni siquiera le importaba mucho si iba a llegar a algún lado o no. Sólo se sentía cansado y quería, por fin, detenerse.

Se hizo un silencio entre los dos pero, sorprendentemente, ya no era incómodo. Sentía que el hombre lo miraba con aire paternal, con cierta indulgencia y eso le hizo sentirse reconfortado. Finalmente, el hombre habló una vez más:

- ¿Quiéres seguir caminando?

Sabía que esa era la pregunta que él mismo se hacía siempre, cada vez que sentía que todo carecía de sentido.

- Si quiero.

El hombre le devolvió entonces una breve y honesta sonrisa a cambio. Se puso nuevamente su sombrero y extendió su brazo para intercambiar un apretón de manos antes de marcharse. Dió algunos pasos y cuando por fin estaba nuevamente en el camino, se detuvo devolviéndose para decir en voz alta:

- Bonito lugar, bonito este árbol y acogedora la sombra que brinda. Siempre podemos descansar cuando lo necesitamos, cuando el camino se hace duro. No sabemos a dónde vamos y a dónde llegaremos, pero siempre sabemos dónde estamos. Quizas pensemos que no llegamos a ningún lado cuando en realidad llegamos a tantos sitios, en tantas oportunidades... encontramos sombra y cobijo a lo largo del camino.

Sentió que sus ojos se humedacían y su garganta se secaba.

- Adiós amigo - dijo finalmente el hombre mientras retomaba su camino.
- Adiós - dijo con voz entrecortada, alzando su mano en señal de despedida.

Permaneció en silencio algunos minutos, meditando sobre lo que había escuchado.

Miró al cielo y al horizonte, y calculó que aún le quedaban un par de horas de luz si quería reemprender su camino. Pero decidió quedarse un rato más, disfrutando del cobijo que le brindaba el árbol.

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lunes, 6 de septiembre de 2010

Música hidrogenada

Esta bien, lo admito.

Cuando escucho música de algunos grupos como (y estos son sólo algunos ejemplos) "The Killers", "Breaking Benjamin", "Shinedown", "Blink 182", "Foo Fighters", etc, etc, etc, y detallo como tocan, su técnica, sus arreglos, etc, etc, etc... Lo que pienso es "Guao! que buena banda", "que canción tan arrecha". Es más, esto lo puedo decir aunque no me guste el grupo o la pieza que están tocando, es simplemente es una cuestión de apreciación musical.

Sin embargo, hay algo en esas supercanciones... no se... que no me convence. Es como las grasas hidrogenadas (las que comúnmente llamamos "trans-fat"): alguien se inventó la manera en que la comida chatarra, recontra-pre-procesada, no luciera como un desastre, encharcada en aceite. Es como comerse un churro al que no se le ve la grasa, ¿se lo imaginan?, quizás hasta diríamos: "ay pero es sanito, no tiene mucha grasa; ¿ves? está limpiecito".

Recuerdo las canciones que escuchaba cuando estaba en el colegio. Guao! honestamente, eran terribles! Hoy días las escucho y no puedo evitar pensar eso. Pero ¿saben qué? Me encantaban y crecí feliz escuchándolas. Era como comerse un churro, sin tener preocuparme por las grasas hidrogenadas, ni las dietas, ni los nitritos ni los nitratos; era ensuciarse las manos de aceite y azúcar, para luego chuparse los dedos.

A veces siento que estoy escuchando música recontra-pre-procesada y viviendo en esta cultura "trans-fat", en la que todo luce limpiecito, pero igual nos mata.

P.S.: comparto con ustedes algunos enlaces de las canciones que escuchaba. Si les dije arriba que eran terribles, ya se imaginaran los videos.

http://www.youtube.com/watch?v=BqDjMZKf-wg&ob=av2e
http://www.youtube.com/watch?v=0bs66fVgrG8
http://www.youtube.com/watch?v=Beoyfiduh2c
http://www.youtube.com/watch?v=9WIJFFe7oDk&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=nrivqafkyqY

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viernes, 27 de agosto de 2010

Apocalypse Now

En esta ciudad es común encontrar, en determinadas zonas y a ciertas horas, muchas calles y avenidas desiertas: no se ven vehículos, ni peatones, ni nada. Luce como un escenario post-apocalíptico, en el cual casi todos han muerto a causa de un virus mortal y sin cura y, por un azar del destino, somos de los escasísimos sobrevivientes que deben conseguirse unos a otros. Al menos esa es una imagen bastante típica que los best sellers y el cine han contribuido a sembrar en nuestra memoria.

Por otra parte, “Apocalypse Now” es una película de guerra. Quizás pueda ser un poco raro relacionar este tema con el del Apocalipsis pero pregunto yo: ¿por qué no?. Para muchos, la guerra es:
- El fin del mundo que conocemos, de la esperanza,
- No ver nunca más a quien ha estado a nuestro lado, a quienes queremos,
- No poder volver a casa,
- Estar marcado para siempre.

A veces miro y escucho a mi alrededor, y llego a pensar que, en alguna forma, el Apocalipsis nos ha alcanzado, que estamos en guerra contra el Mundo. Las personas pierden la esperanza, se sienten solas, pierden fe en si mismas, en las cosas que les han importado y en sus valores, sienten que ya no tienen un lugar que puedan llamar hogar. Yo mismo, a veces, me incluyo entre esas personas.

En ocasiones siento que estoy en una trinchera con un fusil en la mano, luchando una guerra injusta, mientras mis compañeros se desploman a mi alrededor dejándome solo.

¿Qué podemos hacer entonces? ¿Cómo superar la desolación en las calles y avenidas, en nuestras vidas, en el mundo?

Yo, al menos, trato de verme a mi mismo como un sobreviviente. No se si el virus mortal me alcance pero, si llega a suceder, al menos que me atrape luchando.

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sábado, 21 de agosto de 2010

Confusiones

Estaba definitivamente aturdido, como si sus pensamientos estuvieran siendo arrastrados, sin control y en círculos, por un tornado. No lograba encajar la idea de que todo tenía que ser un sueño, no podría ser otra manera, en la aplastante percepción de la realidad que le rodeaba.

Se encontraba ahora en una avenida muy amplia y exageradamente limpia, con las aceras y las vías en perfecto estado. Tres canales de circulación corrían en ambas direcciones, separados por una isla de 3 ó 4 metros de ancho que estaba ocupada mayormente por arbustos de medio metro de alto. No se veían semáforos pero si una redoma que parecía servir para controlar el tráfico que confluía en el cruce de la avenida con otra calle más pequeña. Como antes, todo lucía mojado por una lluvia reciente.

De pronto, algo le saco de su trance: un hombre corría en dirección hacia él, moviendo los brazos y gesticulando, quizás gritando algo que, a la distancia, no podía escuchar. A la distancia le pareció que se desplazaba con cierta dificultad, como si cojeara; quizás estaba cansado.

A pesar de estar todavía un poco alejado, comenzó a moverse hacia un lado de la acera con el fin de que el hombre no lo arrollara en su carrera torpe y descoordinada; curiosamente le pareció que éste también cambiaba de dirección, dirigiéndose directamente a él.

- Sería fantástico que ahora un loco corriendo me atropellara – se dijo sarcásticamente a si mismo, en voz muy baja, apenas moviendo los labios.

El hombre no paraba de gesticular. Tampoco parecía avanzar muy rápidamente, a pesar del visible esfuerzo que estaba realizando al correr. Ahora sus gritos – si, eran gritos – casi podían escucharse:

- Jacques!!! Jacques!!!

- Bueno, el loco está llamando a Jacques, asunto resuelto – se dijo, nuevamente en tono sarcástico.

Jacques.

De pronto, comenzó a sentir que si piel se erizaba. Miró tras de si y toda la avenida estaba desierta. Los edificios que alrededor, que no eran muchos, parecían ser de tipo que albergaban sólo oficinas y carentes de actividad en ese momento. ¿Jacques? ¿No era ese el nombre que vino a su mente cuando intentó recordar el suyo propio? ¿No era ese su nombre?

- Jacques! Enfin! Où étiez-vous?

¿Qué? Este hombre le estaba hablando en… ¿francés?!!! Pero, ¿cómo pretendía que le dijera dónde estaba si le preguntaba en francés?

Su corazón comenzó a latirle aún más aceleradamente, sentía que se desvanecía y que un sudor frío comenzaba a surgir de todos los poros de su cuerpo. La frase que este hombre acaba de decirle retumbaba en su mente, una frase en francés.

Este hombre acababa de preguntarle dónde estaba.

Empezó a abrir la boca lentamente para intentar responder. No sabía cómo pero, si había entendido la pregunta, quizás pudiera también responderla.

- Je ne sais pas…

Esperaba que al responder “no lo se” en francés, su acento sonara a extranjero. Sin embargo, le pareció sorprendentemente perfecto.

- Ne sais pas? Ne sais pas? Par Dieu Jacques!

Dedicó unos segundos a pensar en su situación: no podía recordar claramente quién era, no sabía dónde se encontraba y, repentinamente, sabe hablar francés con acento perfecto. Además, frente a sí tenía a alguien que parecía conocerlo y le llamaba por el que creía era su nombre: Jacques.

Miró al hombre nuevamente. Se veía realmente cansado, como si no hubiese dormido bien en mucho tiempo. El sudor le recorría profusamente por su rostro y cuello, y empapaba buena parte de su cabello. Vestía un traje también gris muy parecido al suyo, y los zapatos de color vino tinto lucían limpios pero opacos, como los de aquellas personas que procuran estar bien vestidos y aseados, pero siempre están de carreras. Tontamente, se puso a pensar en la conveniencia de combinar colores de esa manera, gris y vino, y le pareció poco común pero adecuada.

También estaba seguro que jamás en su vida había visto a este hombre.

Sentía que no podía confiar en él aunque, por decirlo en alguna forma, parecía saber mejor quien era Jacques, que el propio Jacques.

Como de la nada, apareció por una las calles transversales a la avenida un vehículo de la policía a toda velocidad, y que se detuvo abruptamente junto a ellos. Dos oficiales se bajaron de él, dirigiéndose hacia donde estaban Jacques y el hombre.

- Êtes-vous Jacques Martin? – preguntó el mayor de ellos a Jacques y que parecía ser de mas alto rango.

- Oui monsieur, je suis Jacques – Jacques respondió inmediatamente, con la esperanza que ellos pudieran ayudarlo ante tanta confusión.

- Vous êtes en état d'arrestation – dijo el mismo oficial, que continuó diciéndole sus derechos, mientras el otro más joven procedía a esposarlo.

Entonces el hombre que decía conocer a Jacques intervino:

- Désolé monsieur, mon nom est Marc Bernard et je suis ami de monsieur Martin… - pero los oficiales lo ignoraron por completo mientras llevaban a Jacques esposado hacia el vehículo.

Justo antes de subir, Jacques giro su rostro y dijo:

- S'il vous plaît, aidez-moi Marc.

A Jacques no le quedó más remedio que pedir ayuda a quien se llamó a si mismo Marc, que se decía su amigo, y al que nunca había visto en su vida.

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jueves, 19 de agosto de 2010

Perdonar y olvidar

El otro día recordé algo muy triste que me sucedió cuando era niño, una de esas cosas que nos marcan para siempre y ante las que, siendo pequeños, nos encontramos indefensos.

La tristeza me hizo pensar en una de esas frases que las personas suelen utilizar: "yo perdono, pero no olvido". Siempre me consideré "por encima" de esa expresión, diciendo que yo era capaz de perdonar y olvidar.

Quizás esta frase refleje en realidad dos niveles de lo mismo: “perdono” cuando simplemente no deseo ningún mal al que me ofendió, pero la relación que tenemos cambia en alguna forma; “olvido” cuando soy capaz de dejar a un lado lo que sucedió y las cosas “vuelven a ser como antes”. Cumplir con ambos niveles representaría propiamente "perdonar".

Sin embargo, los recuerdos siempre quedan, aunque sea en las profundidades de nuestra memoria.

En conclusión, me he dado cuenta que yo también “perdono, pero no olvido”. Es decir, yo no deseo ningún mal al que me ofende y siempre trato de que las cosas vuelvan a ser como antes, pero guardo recuerdos dolorosos. Todos los guardamos.

Quizás podemos sacar de esto algo positivo. Que los recuerdos, más que atormentarnos, nos sirvan para no repetir errores y evitar herir a los que nos aman.

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martes, 17 de agosto de 2010

El rey de las vainas inútiles

Carlos Oriol es un hombre de pocos logros. Poquísimos.

Nadie puede imaginar que detrás de ese rostro blando y esas facciones comunes se oculta el espíritu de un líder, un corazón solitario que emprendió hace tiempo un camino cargado de frustraciones y logros infravalorados. En fin, toda una existencia dedicada la incansable persecución de cosas inútiles.

Apenas llegué a la entrada de su departamento empecé a experimentar la naturaleza de su grandeza. Yo mismo me consideraba un inútil, por lo que la historia de Oriol me interesó desde el principio e insistí en encargarme de ella. También lo hice, como buen inútil, para sacarle el cuerpo a otras cosas. Quería ver que podía aprender de él, con el mínimo esfuerzo desde luego.

Toqué el timbre un par de veces sin recibir respuesta, lo cual no debería haberme sorprendido, pues era evidente que el timbre no funcionaría. Golpeé también a la puerta un par de veces y nada.

"¿Qué haré ahora?" me pregunté al ver la complicada cerradura metálica, de color plateado con remaches de acero dorados y decoración barroca, que parecía trancar la puerta a cal y canto. El acertijo tenía una respuesta era evidente: la cerradura no servía, así que pasé y nada más.

Una pequeña habitación recargadísima de objetos de todos los tamaños me recibió. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra descubrí que estaba rodeado de innumerables cosas inútiles: mesas de superficie inclinada, sillas que carecían de asiento, cuadros sin pinturas, unos objetos enormes que se asemejaban a lámparas pero sin bombillo… en fin, cachivaches por doquier.

- Así que este es el refugio del héroe – me dije en voz alta, sin poder esconder mi emoción casi infantil.

De repente, Carlos Oriol emergió por el umbral de una de las puertas que, por cierto, yacía desvencijada a un lado y que daba acceso a lo que creo era la cocina.

- Lo siento, estaba contestando una llamada... usted debe ser quien viene a entrevistarme.
- Exactamente Maestro - dije muy nervioso.
- Disculpe que no lo invite a sentarse pero no tengo ninguna silla que sirva. Como verá, mi cortesía es inútil - respondió.

Que clase! Oriol exudaba grandeza por todos los poros de su cuerpo, se movía con la delicadeza de una bailarina gorda que ensayaba en secreto una danza sólo para ella.

- Me decía que estaba contestando una llamada - atreví a preguntar.
- Si, es una de esas raras ocasiones en que hablo por teléfono. Aquí en la casa ninguno sirve, este fue un celular que me enviaron por correo especialmente para la ocasión. Me han galardonado con un premio, “El Inútil de Titanio y Diamantes” se llama. La verdad, no entregan nada, ni estatua ni dinero ni diploma, sólo te notifican por teléfono; ni siquiera le avisan a la prensa, nadie se entera. Como podrá ver, este premio es inútil.
- Oh, gracias por recibirme entonces y disculpe que lo haya interrumpido.
- No es nada - replicó - El celular se me cayó "accidentalmente" en la poceta y apenas pudimos hablar. Así, el esfuerzo por enviarme el teléfono fue totalmente inútil.

Sentía que mi corazón latía muy deprisa, como queriendo salírseme del pecho, al compartir este momento tan inútil en presencia de este hombre... en verdad, es más que un simple hombre: es un titán que sostiene sobre sus hombros el mundo y hasta el universo de la inutilidad.

- Entonces, usted es entrevistador de esta página web, la que nadie conoce - preguntó.
- Si señor - respondí con cierta vergüenza, al escuchar tan grande verdad.
- Excelente!!! De ninguna otra forma hubiese aceptado esta entrevista!!! Este tiempo será entonces realmente inútil - declaró sonriente.

Fue entonces cuando decidí jugar esa carta que llevaba bajo la manga para que la entrevista fuera un fracaso exitoso: mostrarle a Oriol que ante él tenía a un admirador, un discípulo de su sabiduría.

- Y tengo que confesarle, Maestro, que no traje nada para apuntar sus respuestas, ni grabarlas. Así, mi visita, mi tiempo y mi esfuerzo serán inútiles también.
- Caramba, muy bien, me honra con tal atención - replicó - Pero venga, hágame una pregunta para que perdamos el tiempo como debe ser, le daré la peor respuesta posible.
- Honor que me hace usted a mí - respondí con el tono más jalabola posible, tratando inútilmente de disimularlo; tenía que esmerarme con la pregunta - Pues dígame entonces: ¿a usted le gustan más los días lluviosos o los perros calientes los come con todo o sin cebolla y sin mostaza?

Yo sabía que había dado en el clavo con mi pregunta. Eso lo haría entrar en confianza al saber que estaba con alguien que apreciaba su filosofía existencial.

- Para uno que es humilde y no tiene patrocinante, es bien difícil ser un inútil reconocido - procedía entonces a explicarme con detalle - quiero decir, por allí andan un montón de inútiles, que no tienen idea de nada y que encima les pagan. Por ejemplo, los políticos, esos son los peores: no hacen nada, les pagan y encima roban. A los amateurs nos tienen jodidos. En conclusión, a mi lo que me gustan son las cotufas acarameladas.

No pude soportarlo más y empecé a llorar a moco tendido. Sentía hasta los tobillos empapados con las lágrimas y mis medias empezaban a desteñirse. Estaba quebrado de la emoción.

- Lo siento Maestro - alcancé apenas a murmurar entre sollozos - pero es q...
- Basta, basta!!! - me interrumpió con voz potente - debo pedirle que se marche para que su visita haya sido inútil y el tiempo que he empleado en ella también.
- Entiendo perfectamente - me apresuré en responder mientras trataba de limpiarme las lagrimas con la manga corta de mi camisa - conozco el camino de salida, no se preocupe, ya me marcho.
- Como no sirve de nada, lo acompaño gustosamente a la salida. Dígame: ¿publicará algo de esta entrevista?

En esta última frase pude sentir ese desorden psicológico en todo inútil innato. Sentí temor: Oriol podría hacerme perder inútilmente todo el día convenciéndome si le llevaba la contraria. De todos modos, yo no tenía ninguna intención de publicar nada.

- Desde luego que no lo haré. Todo esto ha sido... todo esto ha sido - sentía un nudo en la garganta - todo esto ha sido... completa... completamente inútil.
- Perfecto!!! - dijo, casi gritando de la felicidad, al llegar a la puerta - por favor, le pido que cierre muy bien al salir.
- Hasta luego Maestro.

El no respondió.

Cerré esmeradamente la puerta con la cerradura dañada y comencé a caminar por el pasillo. Cuando había avanzado un buen trecho sentí que Oriol comenzaba a hablar nuevamente. Desde luego su esfuerzo era inútil, no podía entender lo que decía.

La verdad que este tipo es un genio.

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lunes, 12 de julio de 2010

De seguro me veré guapo, guapo

Me he propuesto un nuevo proyecto de extrema importancia, a ver que les parece: voy a raparme la cabeza y hablaré de este hecho en Twitter y hasta quizás en Facebook. También incluiré una foto de la rasuradora en estos medios (tendré que usar por primera vez twettphoto), con restos muy pequeñitos de cabellos, como una prueba más de tan magno acontecimiento.

Imagino que te parecerá importante que yo haga esto, ¿no? ¿Noooooo?

Bueno, no te preocupes, a mi tampoco.

Sin embargo, para algunas personas esto si parece ser importante. Me refiero a que alguien se rape la cabeza, lo anuncie por Twitter y hasta ponga fotos.

Quien hizo esto fue Alejandro Sanz, y aquí está la prueba: http://tweetphoto.com/32348045. Por supuesto, me podrás decir: "bueno Armando, pero se trata de Alejandro Sanz". Eso quizás justifique que más de 16 mil personas hayan visto la foto hasta ayer en la noche y montones la hayan comentado.

Yo no tengo nada contra Alejandro, me parece un artista excelente, me encanta su música y hasta creo que es un buen tipo. Pero esto de ser famoso, no sólo en el caso de Alejandro, lo hemos llevado al exceso.

El punto es que a veces se pierde de vista la importancia del ser humano mismo y caemos en este tipo de banalidades. Creo que hay tantas personas haciendo tantas cosas buenas y, de seguro, más importantes que raparse la cabeza y nadie lo sabe, nadie lo promociona.

Ni siquiera le tomamos una foto para ponerla en Twitter, y si la ponemos, seguramente no será tan popular como una razuradora con cabellos.

Estamos mal, pero empeorando.

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lunes, 5 de julio de 2010

Variaciones de la misma tontería (I)

Versión 1

Apenas entró al bar, su mirada quedó prendada de ella. Le pareció hermosa y le empezaron a sudar las manos. Por fin, después de un buen rato logró armarse de valor y acercársele, aunque no sabia muy bien que hacer.

- Hola, veo que estas sola. Si no te importa, voy a sentirme aquí.
- Realmente si me importa. Veo que hay muchos otros lugares vacíos.
- Sólo pensé en hacerte compañia y quizás invitarte una bebida.
- Gracias pero ya tengo una bebida y puedo pagar por las que yo quiera.

Todo estaba resultando más difícil de lo planeado. No se parecía en nada a lo que mostraban en la televisión y realmente no tenía muchos más argumentos.

- Perdón, no dudo que tengas compañía, pero sólo pretendo ser amable e invitarte una bebida.
- No me interesa tu amabilidad.

Dios, sus respuestas le resultaban duras e inesperadas.

- Bueno, está bien, pero al menos podemos conversar.
- No tengo ganas de conversar, y menos me interesa conversar contigo.
- Lamento entonces haberte molestado - alcanzó apenas a balbusear, mientras se retiraba abatido.
- Púdrete - lanzó ella en respuesta.

Versión 2

Se sentia orgulloso de ser el típico Don Juan. Todas las mujeres caían rendidas a sus pies.

Apenas entró al bar, la miró y decidió que ella sería su próxima víctima. Le pareció hermosa, como otras, pero sin duda sería un trofeo, al menos, divertido. Se acercó a ella sin pensarlo dos veces.

- Hola, veo que estas sola. Si no te importa, voy a sentirme aquí.
- Quiero ser tuya esta noche - lanzó ella en respuesta.

Versión 3

Apenas entró al bar, su mirada quedó prendada de ella. Le pareció hermosa y le empezaron a sudar las manos. Por fin, después de un buen rato logró armarse de valor y acercársele, aunque no sabia muy bien que hacer.

- Hola, veo que estas sola. Si no te importa, voy a sentirme aquí.

Ella lo miró con profundo desprecio y aire furioso. Ni siquiera se molestó en decirle que se marchara.

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martes, 29 de junio de 2010

El despertar en la ciudad

Cuando abrió los ojos se descubrió a si mismo caminando. Hasta parecía saber hacia donde se dirigía, así que dejó que sus pies le condujeran.

Se percartó que la calzada estaba bastante mojada, tanto que a cada paso salpicaba sus (desconocidos) zapatos negros y la parte baja de sus pantalones de gabardina. Era una calle angosta, quizás de un barrio modesto, pero increiblemente bien cuidada y sin baches, de modo que el agua de la lluvia reciente reposaba casi uniformemente sobre toda la superficie. Apenas dos transeúntes caminaban en silencio al otro lado de la calle.

Se detuvo y levantó la mirada hacia el cielo. Notó que llevaba un sombrero, algo que consideraba insólito para si mismo. La luz que inundó sus ojos le indicó que debía ser media tarde y le sorprendió que no hubiera nubes a pesar de lo mojada que estaba la calle. La claridad parecía venir de todos partes, por lo que le resultaba imposible saber si caminaba hacia el este, oeste, norte o sur.

Su mente recordó el sombrero. Se lo quitó, lo giró entre sus manos, le dió vuelta. Estaba hecho de un material ligeramente más oscuro que el traje que vestía y, aunque lucía usado, era sin duda bastante nuevo. Pero buscaba alguna pista más allá de esos detalles superfluos. Nada. De pronto recordó que a su padre le gustaba usar sombreros. Era un recuerdo borroso pero consistente, lo sintió verdadero.

Estimó que todo formaba parte de un sueño. Su ropa, la calle desconocida y casi desolada, la lluvia en la calzada y el cielo despejado. En cierto modo, pensar eso le hizo relajarse.

Siguió caminando con aire ausente, como si no albergara ningún pensamiento en su mente. Al llegar a la esquina, los antes apretujados edificios dieron paso a una claridad casi omnipresente, sentía el sol quemándole la piel de las manos y la humedad flotando en todas partes. Esto no podía ser un sueño, no tan real, no tan vívido.

Mentalmente, empezó a repetir su nombre con la intención de despertarse. Hacía calor, y una gota de sudor comenzó a recorrer su mejilla derecha. Su nombre, una y otra vez.

Su nombre.

Repentinamente, las ideas comenzaron a aclararse y organizarse en su mente, y sintió como si una daga fría se incrustara en su pecho. Estaba seguro que no estaba soñando.

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sábado, 26 de junio de 2010

La habitación

El aire de la minúscula habitación estaba viciado. En sus esquinas estaban apilados recuerdos, la mayoría demasiado antiguos para tener valor, pero macabramente organizados para que él pudiera consultarlos con terrible eficiencia.

Ya su paciencia se había agotado y sabía que no podría seguir mirando el sol a través de un agujero, de una ventana mugrienta. La humedad dificultaba la respiración y brillaba en las paredes de ese cuartucho en el que había convertido su vida.

El problema era que no podía evitar sentir dolor.

Había desarrollado la terrible capacidad de experimentar todo el sufrimiento posible hasta en el más mínimo detalle de su vida.

Perdió las esperanzas de que alguien, alguna vez, pudiera entenderlo y sentir lo que él sentía.

Su único alimento en estos años había sido la autocompasión. La sensación de que nadie lo entendia lo justificaba todo, hasta el sentirse abatido y solo. Sin embargo, sabía que este último refugio era, al mismo tiempo, su prisión.

En un momento de lucidez descubrió que lo que lo mantenía vivo era su perdición, que su mejor cualidad era su peor defecto. Entendió que hay que morir en el alguna forma para poder vivir, para poder salir de esa habitación.

Lo que no sabía era si tendría éxito.

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jueves, 10 de junio de 2010

Tiempo para todo

Recuerdo que cuando era adolescente jugaba ajedrez con mi primo Manuel. Yo realmente pasaba mucho trabajo en esas partidas porque él jugaba muy bien (hasta un torneo en el Colegio había ganado) y yo no era precisamente una estrella del llamado "juego-ciencia". Eso si: al menos una vez le gané.

También solíamos jugar bastante futbolito y pelotica de goma con otros muchachos, y todos competíamos sanamente por ser los mejores. Yo jugaba mucho y practicaba para ser como Maradona, hasta trataba de driblar con la pierna izquierda. Así, poco a poco el deseo de aprender a jugar bien al ajedrez quedó atrás.

Luego, entre la universidad y el descubrimiento de la guitarra tenía mucho menos tiempo para el deporte, y nunca llegué a ser el mejor jugador de fútbol del mundo.

Cuando estudié matemáticas, pues quería ser el mejor, dominar la programación lineal, el análisis, el álbegra y la geometría, y demostrar el Teorema de Fermat. Con la guitarra quería tocar "Smoke on the Water", emular a los Hombres G y tener mi propia banda, además de escribir canciones que todo el mundo conociera y cantara.

Hoy día, pues estoy lejos de dominar cualquier rama de la matemática (bastante lejos) y alguien se me adelantó demostrando a Fermat. Aún toco la guitarra aunque con mucha menos frecuencia, y ninguna de mis canciones a sonado nunca en la radio.

En fin, el tiempo ha pasado y no he logrado ser tan bueno jugando al ajedrez o al fútbol, tocando la guitarra y cantando, o siendo un genio de las matemáticas. Y estos son apenas cuatro ejemplos de cosas que he querido ser y no he podido.

A veces nos empeñamos en estar 100% preparados para hacer las cosas, que llegue el momento perfecto o que tengamos tiempo suficiente. Por supuesto esta actitud tiene sus ventajas.

Sin embargo, si esa hubiese sido mi postura ante la vida no hubiese compartido muchos momentos con mi primo...
No hubiese jugado y corrido con mis amigos disfrutando de meter un gol, quitarle el balón a un contrario o simplemente estar exhausto al final de una tarde de juego...
No hubiese experimentado el sentarme frente a un papel en blanco para tratar de escribir unas ecuaciones y elementos matemáticos que explicaran (modestamente) nuestra realidad o mundos imaginarios...
Nunca hubiera escrito canciones y cantado al amor y a Dios, con mis amigos y hasta con personas que no conocía, o participado en festivales...

Por eso, muchas veces en la vida vale la pena hacer las cosas aunque no estemos 100% preparados. Jamás tendremos tiempo para hacer todo lo que queremos tan bien como queremos. Yo todavía estoy entendiendo y aprendiendo esto.

Lo mas importante es que esas experiencias las vivimos junto a nuestros seres queridos.

Por eso, aunque hoy llegue un poco más tarde a la casa, me acueste después de lo que planifiqué o mañana tenga que levantarme más temprano, iré a verte para compartir contigo, haré lo que me gusta y trataré de aprender algo nuevo, aún sabiendo que el tiempo no me alcanzará para todo.

Yo aún quiero jugar aprender a jugar ajedréz, a tocar guitarra (como Kirk Hammet) y aún quiero saber más matemática. También juego al fútbol como mejor puedo.

Ahora también se me ha metido en la cabeza escribir.

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domingo, 6 de junio de 2010

Si encuentras, me avisas porfa

Actualmente, si hay algo que escasea en todas partes es la humildad.

Recuerdo lo que me dijo una vez mi profesor de investigación de mercados: "nos identificamos con quienes que percibimos iguales a nosotros". Debe ser por eso que hay cada vez más superhéroes de carne y hueso, y aquel que no tiene cualidades heróicas (buenas o malas) nos parece ordinario, poca cosa.

Aquel que tiene la capacidad de ayudar (o joder) a todo el mundo se convierte en nuestro modelo a seguir.

Ya se que piensas que eso no lo vives tu directamente, que eso lo hacen los políticos por ejemplo. Pero nunca antes había visto tal deseo de ser protagonistas entre gente como yo, en el día a día, en el trabajo, entre los amigos... Quizás es que ahora veo las cosas de manera diferente, pero me parece que es tan real, es un fenómeno que va más allá de las fronteras, de las culturas y del nivel educativo.

Yo te pido que abras tus ojos y te des cuenta cuando alguien se esta vendiendo a sí mismo, cuando hace algo para ganar fama y gloria y no por las razones correctas, cuando se frota las manos pensando en el "botín"... en lugar de que su mano derecha no sepa lo que hace su izquierda.

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sábado, 5 de junio de 2010

Frágil y Efímera

Eres como el cristal de la copa en la cual puede saborearse un buen vino,
como la porcelana de la taza en la cual nos sabe más rico un café.
Pero eres frágil...

Eres como el hielo que enfria la bebida que nos refresca,
como el recuerdo que viene a nuestras mentes y nos hace sonreir.
Pero eres efímera...

Te conozco,
te miro a los ojos cada día.
Tu nombre es vida.

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