En esta ciudad es común encontrar, en determinadas zonas y a ciertas horas, muchas calles y avenidas desiertas: no se ven vehículos, ni peatones, ni nada. Luce como un escenario post-apocalíptico, en el cual casi todos han muerto a causa de un virus mortal y sin cura y, por un azar del destino, somos de los escasísimos sobrevivientes que deben conseguirse unos a otros. Al menos esa es una imagen bastante típica que los best sellers y el cine han contribuido a sembrar en nuestra memoria.
Por otra parte, “Apocalypse Now” es una película de guerra. Quizás pueda ser un poco raro relacionar este tema con el del Apocalipsis pero pregunto yo: ¿por qué no?. Para muchos, la guerra es:
- El fin del mundo que conocemos, de la esperanza,
- No ver nunca más a quien ha estado a nuestro lado, a quienes queremos,
- No poder volver a casa,
- Estar marcado para siempre.
A veces miro y escucho a mi alrededor, y llego a pensar que, en alguna forma, el Apocalipsis nos ha alcanzado, que estamos en guerra contra el Mundo. Las personas pierden la esperanza, se sienten solas, pierden fe en si mismas, en las cosas que les han importado y en sus valores, sienten que ya no tienen un lugar que puedan llamar hogar. Yo mismo, a veces, me incluyo entre esas personas.
En ocasiones siento que estoy en una trinchera con un fusil en la mano, luchando una guerra injusta, mientras mis compañeros se desploman a mi alrededor dejándome solo.
¿Qué podemos hacer entonces? ¿Cómo superar la desolación en las calles y avenidas, en nuestras vidas, en el mundo?
Yo, al menos, trato de verme a mi mismo como un sobreviviente. No se si el virus mortal me alcance pero, si llega a suceder, al menos que me atrape luchando.
Todos los derechos reservados A. F.
viernes, 27 de agosto de 2010
Apocalypse Now
Etiquetas:
Felicidad,
Filosofía,
Inútilidad,
Sociedad,
Soledad,
Sufrimiento,
Tristeza,
Vida
sábado, 21 de agosto de 2010
Confusiones
Estaba definitivamente aturdido, como si sus pensamientos estuvieran siendo arrastrados, sin control y en círculos, por un tornado. No lograba encajar la idea de que todo tenía que ser un sueño, no podría ser otra manera, en la aplastante percepción de la realidad que le rodeaba.
Se encontraba ahora en una avenida muy amplia y exageradamente limpia, con las aceras y las vías en perfecto estado. Tres canales de circulación corrían en ambas direcciones, separados por una isla de 3 ó 4 metros de ancho que estaba ocupada mayormente por arbustos de medio metro de alto. No se veían semáforos pero si una redoma que parecía servir para controlar el tráfico que confluía en el cruce de la avenida con otra calle más pequeña. Como antes, todo lucía mojado por una lluvia reciente.
De pronto, algo le saco de su trance: un hombre corría en dirección hacia él, moviendo los brazos y gesticulando, quizás gritando algo que, a la distancia, no podía escuchar. A la distancia le pareció que se desplazaba con cierta dificultad, como si cojeara; quizás estaba cansado.
A pesar de estar todavía un poco alejado, comenzó a moverse hacia un lado de la acera con el fin de que el hombre no lo arrollara en su carrera torpe y descoordinada; curiosamente le pareció que éste también cambiaba de dirección, dirigiéndose directamente a él.
- Sería fantástico que ahora un loco corriendo me atropellara – se dijo sarcásticamente a si mismo, en voz muy baja, apenas moviendo los labios.
El hombre no paraba de gesticular. Tampoco parecía avanzar muy rápidamente, a pesar del visible esfuerzo que estaba realizando al correr. Ahora sus gritos – si, eran gritos – casi podían escucharse:
- Jacques!!! Jacques!!!
- Bueno, el loco está llamando a Jacques, asunto resuelto – se dijo, nuevamente en tono sarcástico.
Jacques.
De pronto, comenzó a sentir que si piel se erizaba. Miró tras de si y toda la avenida estaba desierta. Los edificios que alrededor, que no eran muchos, parecían ser de tipo que albergaban sólo oficinas y carentes de actividad en ese momento. ¿Jacques? ¿No era ese el nombre que vino a su mente cuando intentó recordar el suyo propio? ¿No era ese su nombre?
- Jacques! Enfin! Où étiez-vous?
¿Qué? Este hombre le estaba hablando en… ¿francés?!!! Pero, ¿cómo pretendía que le dijera dónde estaba si le preguntaba en francés?
Su corazón comenzó a latirle aún más aceleradamente, sentía que se desvanecía y que un sudor frío comenzaba a surgir de todos los poros de su cuerpo. La frase que este hombre acaba de decirle retumbaba en su mente, una frase en francés.
Este hombre acababa de preguntarle dónde estaba.
Empezó a abrir la boca lentamente para intentar responder. No sabía cómo pero, si había entendido la pregunta, quizás pudiera también responderla.
- Je ne sais pas…
Esperaba que al responder “no lo se” en francés, su acento sonara a extranjero. Sin embargo, le pareció sorprendentemente perfecto.
- Ne sais pas? Ne sais pas? Par Dieu Jacques!
Dedicó unos segundos a pensar en su situación: no podía recordar claramente quién era, no sabía dónde se encontraba y, repentinamente, sabe hablar francés con acento perfecto. Además, frente a sí tenía a alguien que parecía conocerlo y le llamaba por el que creía era su nombre: Jacques.
Miró al hombre nuevamente. Se veía realmente cansado, como si no hubiese dormido bien en mucho tiempo. El sudor le recorría profusamente por su rostro y cuello, y empapaba buena parte de su cabello. Vestía un traje también gris muy parecido al suyo, y los zapatos de color vino tinto lucían limpios pero opacos, como los de aquellas personas que procuran estar bien vestidos y aseados, pero siempre están de carreras. Tontamente, se puso a pensar en la conveniencia de combinar colores de esa manera, gris y vino, y le pareció poco común pero adecuada.
También estaba seguro que jamás en su vida había visto a este hombre.
Sentía que no podía confiar en él aunque, por decirlo en alguna forma, parecía saber mejor quien era Jacques, que el propio Jacques.
Como de la nada, apareció por una las calles transversales a la avenida un vehículo de la policía a toda velocidad, y que se detuvo abruptamente junto a ellos. Dos oficiales se bajaron de él, dirigiéndose hacia donde estaban Jacques y el hombre.
- Êtes-vous Jacques Martin? – preguntó el mayor de ellos a Jacques y que parecía ser de mas alto rango.
- Oui monsieur, je suis Jacques – Jacques respondió inmediatamente, con la esperanza que ellos pudieran ayudarlo ante tanta confusión.
- Vous êtes en état d'arrestation – dijo el mismo oficial, que continuó diciéndole sus derechos, mientras el otro más joven procedía a esposarlo.
Entonces el hombre que decía conocer a Jacques intervino:
- Désolé monsieur, mon nom est Marc Bernard et je suis ami de monsieur Martin… - pero los oficiales lo ignoraron por completo mientras llevaban a Jacques esposado hacia el vehículo.
Justo antes de subir, Jacques giro su rostro y dijo:
- S'il vous plaît, aidez-moi Marc.
A Jacques no le quedó más remedio que pedir ayuda a quien se llamó a si mismo Marc, que se decía su amigo, y al que nunca había visto en su vida.
Todos los derechos reservados A.F.
Se encontraba ahora en una avenida muy amplia y exageradamente limpia, con las aceras y las vías en perfecto estado. Tres canales de circulación corrían en ambas direcciones, separados por una isla de 3 ó 4 metros de ancho que estaba ocupada mayormente por arbustos de medio metro de alto. No se veían semáforos pero si una redoma que parecía servir para controlar el tráfico que confluía en el cruce de la avenida con otra calle más pequeña. Como antes, todo lucía mojado por una lluvia reciente.
De pronto, algo le saco de su trance: un hombre corría en dirección hacia él, moviendo los brazos y gesticulando, quizás gritando algo que, a la distancia, no podía escuchar. A la distancia le pareció que se desplazaba con cierta dificultad, como si cojeara; quizás estaba cansado.
A pesar de estar todavía un poco alejado, comenzó a moverse hacia un lado de la acera con el fin de que el hombre no lo arrollara en su carrera torpe y descoordinada; curiosamente le pareció que éste también cambiaba de dirección, dirigiéndose directamente a él.
- Sería fantástico que ahora un loco corriendo me atropellara – se dijo sarcásticamente a si mismo, en voz muy baja, apenas moviendo los labios.
El hombre no paraba de gesticular. Tampoco parecía avanzar muy rápidamente, a pesar del visible esfuerzo que estaba realizando al correr. Ahora sus gritos – si, eran gritos – casi podían escucharse:
- Jacques!!! Jacques!!!
- Bueno, el loco está llamando a Jacques, asunto resuelto – se dijo, nuevamente en tono sarcástico.
Jacques.
De pronto, comenzó a sentir que si piel se erizaba. Miró tras de si y toda la avenida estaba desierta. Los edificios que alrededor, que no eran muchos, parecían ser de tipo que albergaban sólo oficinas y carentes de actividad en ese momento. ¿Jacques? ¿No era ese el nombre que vino a su mente cuando intentó recordar el suyo propio? ¿No era ese su nombre?
- Jacques! Enfin! Où étiez-vous?
¿Qué? Este hombre le estaba hablando en… ¿francés?!!! Pero, ¿cómo pretendía que le dijera dónde estaba si le preguntaba en francés?
Su corazón comenzó a latirle aún más aceleradamente, sentía que se desvanecía y que un sudor frío comenzaba a surgir de todos los poros de su cuerpo. La frase que este hombre acaba de decirle retumbaba en su mente, una frase en francés.
Este hombre acababa de preguntarle dónde estaba.
Empezó a abrir la boca lentamente para intentar responder. No sabía cómo pero, si había entendido la pregunta, quizás pudiera también responderla.
- Je ne sais pas…
Esperaba que al responder “no lo se” en francés, su acento sonara a extranjero. Sin embargo, le pareció sorprendentemente perfecto.
- Ne sais pas? Ne sais pas? Par Dieu Jacques!
Dedicó unos segundos a pensar en su situación: no podía recordar claramente quién era, no sabía dónde se encontraba y, repentinamente, sabe hablar francés con acento perfecto. Además, frente a sí tenía a alguien que parecía conocerlo y le llamaba por el que creía era su nombre: Jacques.
Miró al hombre nuevamente. Se veía realmente cansado, como si no hubiese dormido bien en mucho tiempo. El sudor le recorría profusamente por su rostro y cuello, y empapaba buena parte de su cabello. Vestía un traje también gris muy parecido al suyo, y los zapatos de color vino tinto lucían limpios pero opacos, como los de aquellas personas que procuran estar bien vestidos y aseados, pero siempre están de carreras. Tontamente, se puso a pensar en la conveniencia de combinar colores de esa manera, gris y vino, y le pareció poco común pero adecuada.
También estaba seguro que jamás en su vida había visto a este hombre.
Sentía que no podía confiar en él aunque, por decirlo en alguna forma, parecía saber mejor quien era Jacques, que el propio Jacques.
Como de la nada, apareció por una las calles transversales a la avenida un vehículo de la policía a toda velocidad, y que se detuvo abruptamente junto a ellos. Dos oficiales se bajaron de él, dirigiéndose hacia donde estaban Jacques y el hombre.
- Êtes-vous Jacques Martin? – preguntó el mayor de ellos a Jacques y que parecía ser de mas alto rango.
- Oui monsieur, je suis Jacques – Jacques respondió inmediatamente, con la esperanza que ellos pudieran ayudarlo ante tanta confusión.
- Vous êtes en état d'arrestation – dijo el mismo oficial, que continuó diciéndole sus derechos, mientras el otro más joven procedía a esposarlo.
Entonces el hombre que decía conocer a Jacques intervino:
- Désolé monsieur, mon nom est Marc Bernard et je suis ami de monsieur Martin… - pero los oficiales lo ignoraron por completo mientras llevaban a Jacques esposado hacia el vehículo.
Justo antes de subir, Jacques giro su rostro y dijo:
- S'il vous plaît, aidez-moi Marc.
A Jacques no le quedó más remedio que pedir ayuda a quien se llamó a si mismo Marc, que se decía su amigo, y al que nunca había visto en su vida.
Todos los derechos reservados A.F.
jueves, 19 de agosto de 2010
Perdonar y olvidar
El otro día recordé algo muy triste que me sucedió cuando era niño, una de esas cosas que nos marcan para siempre y ante las que, siendo pequeños, nos encontramos indefensos.
La tristeza me hizo pensar en una de esas frases que las personas suelen utilizar: "yo perdono, pero no olvido". Siempre me consideré "por encima" de esa expresión, diciendo que yo era capaz de perdonar y olvidar.
Quizás esta frase refleje en realidad dos niveles de lo mismo: “perdono” cuando simplemente no deseo ningún mal al que me ofendió, pero la relación que tenemos cambia en alguna forma; “olvido” cuando soy capaz de dejar a un lado lo que sucedió y las cosas “vuelven a ser como antes”. Cumplir con ambos niveles representaría propiamente "perdonar".
Sin embargo, los recuerdos siempre quedan, aunque sea en las profundidades de nuestra memoria.
En conclusión, me he dado cuenta que yo también “perdono, pero no olvido”. Es decir, yo no deseo ningún mal al que me ofende y siempre trato de que las cosas vuelvan a ser como antes, pero guardo recuerdos dolorosos. Todos los guardamos.
Quizás podemos sacar de esto algo positivo. Que los recuerdos, más que atormentarnos, nos sirvan para no repetir errores y evitar herir a los que nos aman.
Todos los derechos reservados A.F.
La tristeza me hizo pensar en una de esas frases que las personas suelen utilizar: "yo perdono, pero no olvido". Siempre me consideré "por encima" de esa expresión, diciendo que yo era capaz de perdonar y olvidar.
Quizás esta frase refleje en realidad dos niveles de lo mismo: “perdono” cuando simplemente no deseo ningún mal al que me ofendió, pero la relación que tenemos cambia en alguna forma; “olvido” cuando soy capaz de dejar a un lado lo que sucedió y las cosas “vuelven a ser como antes”. Cumplir con ambos niveles representaría propiamente "perdonar".
Sin embargo, los recuerdos siempre quedan, aunque sea en las profundidades de nuestra memoria.
En conclusión, me he dado cuenta que yo también “perdono, pero no olvido”. Es decir, yo no deseo ningún mal al que me ofende y siempre trato de que las cosas vuelvan a ser como antes, pero guardo recuerdos dolorosos. Todos los guardamos.
Quizás podemos sacar de esto algo positivo. Que los recuerdos, más que atormentarnos, nos sirvan para no repetir errores y evitar herir a los que nos aman.
Todos los derechos reservados A.F.
Etiquetas:
Perdón,
Recuerdo,
Relaciones,
Vida
martes, 17 de agosto de 2010
El rey de las vainas inútiles
Carlos Oriol es un hombre de pocos logros. Poquísimos.
Nadie puede imaginar que detrás de ese rostro blando y esas facciones comunes se oculta el espíritu de un líder, un corazón solitario que emprendió hace tiempo un camino cargado de frustraciones y logros infravalorados. En fin, toda una existencia dedicada la incansable persecución de cosas inútiles.
Apenas llegué a la entrada de su departamento empecé a experimentar la naturaleza de su grandeza. Yo mismo me consideraba un inútil, por lo que la historia de Oriol me interesó desde el principio e insistí en encargarme de ella. También lo hice, como buen inútil, para sacarle el cuerpo a otras cosas. Quería ver que podía aprender de él, con el mínimo esfuerzo desde luego.
Toqué el timbre un par de veces sin recibir respuesta, lo cual no debería haberme sorprendido, pues era evidente que el timbre no funcionaría. Golpeé también a la puerta un par de veces y nada.
"¿Qué haré ahora?" me pregunté al ver la complicada cerradura metálica, de color plateado con remaches de acero dorados y decoración barroca, que parecía trancar la puerta a cal y canto. El acertijo tenía una respuesta era evidente: la cerradura no servía, así que pasé y nada más.
Una pequeña habitación recargadísima de objetos de todos los tamaños me recibió. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra descubrí que estaba rodeado de innumerables cosas inútiles: mesas de superficie inclinada, sillas que carecían de asiento, cuadros sin pinturas, unos objetos enormes que se asemejaban a lámparas pero sin bombillo… en fin, cachivaches por doquier.
- Así que este es el refugio del héroe – me dije en voz alta, sin poder esconder mi emoción casi infantil.
De repente, Carlos Oriol emergió por el umbral de una de las puertas que, por cierto, yacía desvencijada a un lado y que daba acceso a lo que creo era la cocina.
- Lo siento, estaba contestando una llamada... usted debe ser quien viene a entrevistarme.
- Exactamente Maestro - dije muy nervioso.
- Disculpe que no lo invite a sentarse pero no tengo ninguna silla que sirva. Como verá, mi cortesía es inútil - respondió.
Que clase! Oriol exudaba grandeza por todos los poros de su cuerpo, se movía con la delicadeza de una bailarina gorda que ensayaba en secreto una danza sólo para ella.
- Me decía que estaba contestando una llamada - atreví a preguntar.
- Si, es una de esas raras ocasiones en que hablo por teléfono. Aquí en la casa ninguno sirve, este fue un celular que me enviaron por correo especialmente para la ocasión. Me han galardonado con un premio, “El Inútil de Titanio y Diamantes” se llama. La verdad, no entregan nada, ni estatua ni dinero ni diploma, sólo te notifican por teléfono; ni siquiera le avisan a la prensa, nadie se entera. Como podrá ver, este premio es inútil.
- Oh, gracias por recibirme entonces y disculpe que lo haya interrumpido.
- No es nada - replicó - El celular se me cayó "accidentalmente" en la poceta y apenas pudimos hablar. Así, el esfuerzo por enviarme el teléfono fue totalmente inútil.
Sentía que mi corazón latía muy deprisa, como queriendo salírseme del pecho, al compartir este momento tan inútil en presencia de este hombre... en verdad, es más que un simple hombre: es un titán que sostiene sobre sus hombros el mundo y hasta el universo de la inutilidad.
- Entonces, usted es entrevistador de esta página web, la que nadie conoce - preguntó.
- Si señor - respondí con cierta vergüenza, al escuchar tan grande verdad.
- Excelente!!! De ninguna otra forma hubiese aceptado esta entrevista!!! Este tiempo será entonces realmente inútil - declaró sonriente.
Fue entonces cuando decidí jugar esa carta que llevaba bajo la manga para que la entrevista fuera un fracaso exitoso: mostrarle a Oriol que ante él tenía a un admirador, un discípulo de su sabiduría.
- Y tengo que confesarle, Maestro, que no traje nada para apuntar sus respuestas, ni grabarlas. Así, mi visita, mi tiempo y mi esfuerzo serán inútiles también.
- Caramba, muy bien, me honra con tal atención - replicó - Pero venga, hágame una pregunta para que perdamos el tiempo como debe ser, le daré la peor respuesta posible.
- Honor que me hace usted a mí - respondí con el tono más jalabola posible, tratando inútilmente de disimularlo; tenía que esmerarme con la pregunta - Pues dígame entonces: ¿a usted le gustan más los días lluviosos o los perros calientes los come con todo o sin cebolla y sin mostaza?
Yo sabía que había dado en el clavo con mi pregunta. Eso lo haría entrar en confianza al saber que estaba con alguien que apreciaba su filosofía existencial.
- Para uno que es humilde y no tiene patrocinante, es bien difícil ser un inútil reconocido - procedía entonces a explicarme con detalle - quiero decir, por allí andan un montón de inútiles, que no tienen idea de nada y que encima les pagan. Por ejemplo, los políticos, esos son los peores: no hacen nada, les pagan y encima roban. A los amateurs nos tienen jodidos. En conclusión, a mi lo que me gustan son las cotufas acarameladas.
No pude soportarlo más y empecé a llorar a moco tendido. Sentía hasta los tobillos empapados con las lágrimas y mis medias empezaban a desteñirse. Estaba quebrado de la emoción.
- Lo siento Maestro - alcancé apenas a murmurar entre sollozos - pero es q...
- Basta, basta!!! - me interrumpió con voz potente - debo pedirle que se marche para que su visita haya sido inútil y el tiempo que he empleado en ella también.
- Entiendo perfectamente - me apresuré en responder mientras trataba de limpiarme las lagrimas con la manga corta de mi camisa - conozco el camino de salida, no se preocupe, ya me marcho.
- Como no sirve de nada, lo acompaño gustosamente a la salida. Dígame: ¿publicará algo de esta entrevista?
En esta última frase pude sentir ese desorden psicológico en todo inútil innato. Sentí temor: Oriol podría hacerme perder inútilmente todo el día convenciéndome si le llevaba la contraria. De todos modos, yo no tenía ninguna intención de publicar nada.
- Desde luego que no lo haré. Todo esto ha sido... todo esto ha sido - sentía un nudo en la garganta - todo esto ha sido... completa... completamente inútil.
- Perfecto!!! - dijo, casi gritando de la felicidad, al llegar a la puerta - por favor, le pido que cierre muy bien al salir.
- Hasta luego Maestro.
El no respondió.
Cerré esmeradamente la puerta con la cerradura dañada y comencé a caminar por el pasillo. Cuando había avanzado un buen trecho sentí que Oriol comenzaba a hablar nuevamente. Desde luego su esfuerzo era inútil, no podía entender lo que decía.
La verdad que este tipo es un genio.
Todos los derechos reservados A.F.
Nadie puede imaginar que detrás de ese rostro blando y esas facciones comunes se oculta el espíritu de un líder, un corazón solitario que emprendió hace tiempo un camino cargado de frustraciones y logros infravalorados. En fin, toda una existencia dedicada la incansable persecución de cosas inútiles.
Apenas llegué a la entrada de su departamento empecé a experimentar la naturaleza de su grandeza. Yo mismo me consideraba un inútil, por lo que la historia de Oriol me interesó desde el principio e insistí en encargarme de ella. También lo hice, como buen inútil, para sacarle el cuerpo a otras cosas. Quería ver que podía aprender de él, con el mínimo esfuerzo desde luego.
Toqué el timbre un par de veces sin recibir respuesta, lo cual no debería haberme sorprendido, pues era evidente que el timbre no funcionaría. Golpeé también a la puerta un par de veces y nada.
"¿Qué haré ahora?" me pregunté al ver la complicada cerradura metálica, de color plateado con remaches de acero dorados y decoración barroca, que parecía trancar la puerta a cal y canto. El acertijo tenía una respuesta era evidente: la cerradura no servía, así que pasé y nada más.
Una pequeña habitación recargadísima de objetos de todos los tamaños me recibió. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra descubrí que estaba rodeado de innumerables cosas inútiles: mesas de superficie inclinada, sillas que carecían de asiento, cuadros sin pinturas, unos objetos enormes que se asemejaban a lámparas pero sin bombillo… en fin, cachivaches por doquier.
- Así que este es el refugio del héroe – me dije en voz alta, sin poder esconder mi emoción casi infantil.
De repente, Carlos Oriol emergió por el umbral de una de las puertas que, por cierto, yacía desvencijada a un lado y que daba acceso a lo que creo era la cocina.
- Lo siento, estaba contestando una llamada... usted debe ser quien viene a entrevistarme.
- Exactamente Maestro - dije muy nervioso.
- Disculpe que no lo invite a sentarse pero no tengo ninguna silla que sirva. Como verá, mi cortesía es inútil - respondió.
Que clase! Oriol exudaba grandeza por todos los poros de su cuerpo, se movía con la delicadeza de una bailarina gorda que ensayaba en secreto una danza sólo para ella.
- Me decía que estaba contestando una llamada - atreví a preguntar.
- Si, es una de esas raras ocasiones en que hablo por teléfono. Aquí en la casa ninguno sirve, este fue un celular que me enviaron por correo especialmente para la ocasión. Me han galardonado con un premio, “El Inútil de Titanio y Diamantes” se llama. La verdad, no entregan nada, ni estatua ni dinero ni diploma, sólo te notifican por teléfono; ni siquiera le avisan a la prensa, nadie se entera. Como podrá ver, este premio es inútil.
- Oh, gracias por recibirme entonces y disculpe que lo haya interrumpido.
- No es nada - replicó - El celular se me cayó "accidentalmente" en la poceta y apenas pudimos hablar. Así, el esfuerzo por enviarme el teléfono fue totalmente inútil.
Sentía que mi corazón latía muy deprisa, como queriendo salírseme del pecho, al compartir este momento tan inútil en presencia de este hombre... en verdad, es más que un simple hombre: es un titán que sostiene sobre sus hombros el mundo y hasta el universo de la inutilidad.
- Entonces, usted es entrevistador de esta página web, la que nadie conoce - preguntó.
- Si señor - respondí con cierta vergüenza, al escuchar tan grande verdad.
- Excelente!!! De ninguna otra forma hubiese aceptado esta entrevista!!! Este tiempo será entonces realmente inútil - declaró sonriente.
Fue entonces cuando decidí jugar esa carta que llevaba bajo la manga para que la entrevista fuera un fracaso exitoso: mostrarle a Oriol que ante él tenía a un admirador, un discípulo de su sabiduría.
- Y tengo que confesarle, Maestro, que no traje nada para apuntar sus respuestas, ni grabarlas. Así, mi visita, mi tiempo y mi esfuerzo serán inútiles también.
- Caramba, muy bien, me honra con tal atención - replicó - Pero venga, hágame una pregunta para que perdamos el tiempo como debe ser, le daré la peor respuesta posible.
- Honor que me hace usted a mí - respondí con el tono más jalabola posible, tratando inútilmente de disimularlo; tenía que esmerarme con la pregunta - Pues dígame entonces: ¿a usted le gustan más los días lluviosos o los perros calientes los come con todo o sin cebolla y sin mostaza?
Yo sabía que había dado en el clavo con mi pregunta. Eso lo haría entrar en confianza al saber que estaba con alguien que apreciaba su filosofía existencial.
- Para uno que es humilde y no tiene patrocinante, es bien difícil ser un inútil reconocido - procedía entonces a explicarme con detalle - quiero decir, por allí andan un montón de inútiles, que no tienen idea de nada y que encima les pagan. Por ejemplo, los políticos, esos son los peores: no hacen nada, les pagan y encima roban. A los amateurs nos tienen jodidos. En conclusión, a mi lo que me gustan son las cotufas acarameladas.
No pude soportarlo más y empecé a llorar a moco tendido. Sentía hasta los tobillos empapados con las lágrimas y mis medias empezaban a desteñirse. Estaba quebrado de la emoción.
- Lo siento Maestro - alcancé apenas a murmurar entre sollozos - pero es q...
- Basta, basta!!! - me interrumpió con voz potente - debo pedirle que se marche para que su visita haya sido inútil y el tiempo que he empleado en ella también.
- Entiendo perfectamente - me apresuré en responder mientras trataba de limpiarme las lagrimas con la manga corta de mi camisa - conozco el camino de salida, no se preocupe, ya me marcho.
- Como no sirve de nada, lo acompaño gustosamente a la salida. Dígame: ¿publicará algo de esta entrevista?
En esta última frase pude sentir ese desorden psicológico en todo inútil innato. Sentí temor: Oriol podría hacerme perder inútilmente todo el día convenciéndome si le llevaba la contraria. De todos modos, yo no tenía ninguna intención de publicar nada.
- Desde luego que no lo haré. Todo esto ha sido... todo esto ha sido - sentía un nudo en la garganta - todo esto ha sido... completa... completamente inútil.
- Perfecto!!! - dijo, casi gritando de la felicidad, al llegar a la puerta - por favor, le pido que cierre muy bien al salir.
- Hasta luego Maestro.
El no respondió.
Cerré esmeradamente la puerta con la cerradura dañada y comencé a caminar por el pasillo. Cuando había avanzado un buen trecho sentí que Oriol comenzaba a hablar nuevamente. Desde luego su esfuerzo era inútil, no podía entender lo que decía.
La verdad que este tipo es un genio.
Todos los derechos reservados A.F.
Etiquetas:
Entrevista,
Inútil,
Inútilidad,
Premio
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
