martes, 29 de junio de 2010

El despertar en la ciudad

Cuando abrió los ojos se descubrió a si mismo caminando. Hasta parecía saber hacia donde se dirigía, así que dejó que sus pies le condujeran.

Se percartó que la calzada estaba bastante mojada, tanto que a cada paso salpicaba sus (desconocidos) zapatos negros y la parte baja de sus pantalones de gabardina. Era una calle angosta, quizás de un barrio modesto, pero increiblemente bien cuidada y sin baches, de modo que el agua de la lluvia reciente reposaba casi uniformemente sobre toda la superficie. Apenas dos transeúntes caminaban en silencio al otro lado de la calle.

Se detuvo y levantó la mirada hacia el cielo. Notó que llevaba un sombrero, algo que consideraba insólito para si mismo. La luz que inundó sus ojos le indicó que debía ser media tarde y le sorprendió que no hubiera nubes a pesar de lo mojada que estaba la calle. La claridad parecía venir de todos partes, por lo que le resultaba imposible saber si caminaba hacia el este, oeste, norte o sur.

Su mente recordó el sombrero. Se lo quitó, lo giró entre sus manos, le dió vuelta. Estaba hecho de un material ligeramente más oscuro que el traje que vestía y, aunque lucía usado, era sin duda bastante nuevo. Pero buscaba alguna pista más allá de esos detalles superfluos. Nada. De pronto recordó que a su padre le gustaba usar sombreros. Era un recuerdo borroso pero consistente, lo sintió verdadero.

Estimó que todo formaba parte de un sueño. Su ropa, la calle desconocida y casi desolada, la lluvia en la calzada y el cielo despejado. En cierto modo, pensar eso le hizo relajarse.

Siguió caminando con aire ausente, como si no albergara ningún pensamiento en su mente. Al llegar a la esquina, los antes apretujados edificios dieron paso a una claridad casi omnipresente, sentía el sol quemándole la piel de las manos y la humedad flotando en todas partes. Esto no podía ser un sueño, no tan real, no tan vívido.

Mentalmente, empezó a repetir su nombre con la intención de despertarse. Hacía calor, y una gota de sudor comenzó a recorrer su mejilla derecha. Su nombre, una y otra vez.

Su nombre.

Repentinamente, las ideas comenzaron a aclararse y organizarse en su mente, y sintió como si una daga fría se incrustara en su pecho. Estaba seguro que no estaba soñando.

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sábado, 26 de junio de 2010

La habitación

El aire de la minúscula habitación estaba viciado. En sus esquinas estaban apilados recuerdos, la mayoría demasiado antiguos para tener valor, pero macabramente organizados para que él pudiera consultarlos con terrible eficiencia.

Ya su paciencia se había agotado y sabía que no podría seguir mirando el sol a través de un agujero, de una ventana mugrienta. La humedad dificultaba la respiración y brillaba en las paredes de ese cuartucho en el que había convertido su vida.

El problema era que no podía evitar sentir dolor.

Había desarrollado la terrible capacidad de experimentar todo el sufrimiento posible hasta en el más mínimo detalle de su vida.

Perdió las esperanzas de que alguien, alguna vez, pudiera entenderlo y sentir lo que él sentía.

Su único alimento en estos años había sido la autocompasión. La sensación de que nadie lo entendia lo justificaba todo, hasta el sentirse abatido y solo. Sin embargo, sabía que este último refugio era, al mismo tiempo, su prisión.

En un momento de lucidez descubrió que lo que lo mantenía vivo era su perdición, que su mejor cualidad era su peor defecto. Entendió que hay que morir en el alguna forma para poder vivir, para poder salir de esa habitación.

Lo que no sabía era si tendría éxito.

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jueves, 10 de junio de 2010

Tiempo para todo

Recuerdo que cuando era adolescente jugaba ajedrez con mi primo Manuel. Yo realmente pasaba mucho trabajo en esas partidas porque él jugaba muy bien (hasta un torneo en el Colegio había ganado) y yo no era precisamente una estrella del llamado "juego-ciencia". Eso si: al menos una vez le gané.

También solíamos jugar bastante futbolito y pelotica de goma con otros muchachos, y todos competíamos sanamente por ser los mejores. Yo jugaba mucho y practicaba para ser como Maradona, hasta trataba de driblar con la pierna izquierda. Así, poco a poco el deseo de aprender a jugar bien al ajedrez quedó atrás.

Luego, entre la universidad y el descubrimiento de la guitarra tenía mucho menos tiempo para el deporte, y nunca llegué a ser el mejor jugador de fútbol del mundo.

Cuando estudié matemáticas, pues quería ser el mejor, dominar la programación lineal, el análisis, el álbegra y la geometría, y demostrar el Teorema de Fermat. Con la guitarra quería tocar "Smoke on the Water", emular a los Hombres G y tener mi propia banda, además de escribir canciones que todo el mundo conociera y cantara.

Hoy día, pues estoy lejos de dominar cualquier rama de la matemática (bastante lejos) y alguien se me adelantó demostrando a Fermat. Aún toco la guitarra aunque con mucha menos frecuencia, y ninguna de mis canciones a sonado nunca en la radio.

En fin, el tiempo ha pasado y no he logrado ser tan bueno jugando al ajedrez o al fútbol, tocando la guitarra y cantando, o siendo un genio de las matemáticas. Y estos son apenas cuatro ejemplos de cosas que he querido ser y no he podido.

A veces nos empeñamos en estar 100% preparados para hacer las cosas, que llegue el momento perfecto o que tengamos tiempo suficiente. Por supuesto esta actitud tiene sus ventajas.

Sin embargo, si esa hubiese sido mi postura ante la vida no hubiese compartido muchos momentos con mi primo...
No hubiese jugado y corrido con mis amigos disfrutando de meter un gol, quitarle el balón a un contrario o simplemente estar exhausto al final de una tarde de juego...
No hubiese experimentado el sentarme frente a un papel en blanco para tratar de escribir unas ecuaciones y elementos matemáticos que explicaran (modestamente) nuestra realidad o mundos imaginarios...
Nunca hubiera escrito canciones y cantado al amor y a Dios, con mis amigos y hasta con personas que no conocía, o participado en festivales...

Por eso, muchas veces en la vida vale la pena hacer las cosas aunque no estemos 100% preparados. Jamás tendremos tiempo para hacer todo lo que queremos tan bien como queremos. Yo todavía estoy entendiendo y aprendiendo esto.

Lo mas importante es que esas experiencias las vivimos junto a nuestros seres queridos.

Por eso, aunque hoy llegue un poco más tarde a la casa, me acueste después de lo que planifiqué o mañana tenga que levantarme más temprano, iré a verte para compartir contigo, haré lo que me gusta y trataré de aprender algo nuevo, aún sabiendo que el tiempo no me alcanzará para todo.

Yo aún quiero jugar aprender a jugar ajedréz, a tocar guitarra (como Kirk Hammet) y aún quiero saber más matemática. También juego al fútbol como mejor puedo.

Ahora también se me ha metido en la cabeza escribir.

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domingo, 6 de junio de 2010

Si encuentras, me avisas porfa

Actualmente, si hay algo que escasea en todas partes es la humildad.

Recuerdo lo que me dijo una vez mi profesor de investigación de mercados: "nos identificamos con quienes que percibimos iguales a nosotros". Debe ser por eso que hay cada vez más superhéroes de carne y hueso, y aquel que no tiene cualidades heróicas (buenas o malas) nos parece ordinario, poca cosa.

Aquel que tiene la capacidad de ayudar (o joder) a todo el mundo se convierte en nuestro modelo a seguir.

Ya se que piensas que eso no lo vives tu directamente, que eso lo hacen los políticos por ejemplo. Pero nunca antes había visto tal deseo de ser protagonistas entre gente como yo, en el día a día, en el trabajo, entre los amigos... Quizás es que ahora veo las cosas de manera diferente, pero me parece que es tan real, es un fenómeno que va más allá de las fronteras, de las culturas y del nivel educativo.

Yo te pido que abras tus ojos y te des cuenta cuando alguien se esta vendiendo a sí mismo, cuando hace algo para ganar fama y gloria y no por las razones correctas, cuando se frota las manos pensando en el "botín"... en lugar de que su mano derecha no sepa lo que hace su izquierda.

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sábado, 5 de junio de 2010

Frágil y Efímera

Eres como el cristal de la copa en la cual puede saborearse un buen vino,
como la porcelana de la taza en la cual nos sabe más rico un café.
Pero eres frágil...

Eres como el hielo que enfria la bebida que nos refresca,
como el recuerdo que viene a nuestras mentes y nos hace sonreir.
Pero eres efímera...

Te conozco,
te miro a los ojos cada día.
Tu nombre es vida.

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