sábado, 3 de septiembre de 2011

A veces se parecen tanto

La habitación está vacía y relativamente limpia a pesar del paso del tiempo y del descuido. Se asemeja al alma de quien ya no lleva nada consigo, sólo esperanza.

El vacío es sólo quebrantado por una silla de madera un poco desvencijada. En la pared opuesta a la estrecha puerta se encuentra una típica ventana formada por cuatro cristales cuadrados que deja entrar un chorro de luz sin obstáculo durante el día... mientras que pequeñas luciérnagas escapan a través de ella en la noche.

Y desde la habitación, justamente sentado en la silla, a través de la ventana, se le puede ver.

Nunca fue grandioso, o magnífico, pero allí está y es lo que es. Y ahora está muriendo.

Ha llegado hasta este día llevado por las esperanzas más que por los hechos y lo vivido a su alrededor. Nunca ha cobijado a todos aquellos que esperaba, ni los niños han jugado junto a él.

En los momentos difíciles ha logrado seguir en pie, pero la vida no se trata solamente de sobrevivir, sino de que de poder dar a los demás, entregar sin esperar nada a cambio. Hay momentos en que es necesario simplemente seguir adelante, pero a veces la razón de la existencia depende de quedarse y luchar.

Si tan sólo ella viniera. La tierra que le sostiene se ha agrietado en su ausencia. Y cuando ella estuvo, todo fue diferente: sintió la vida dentro de si, sus sueños retoñaron... se percibió a si mismo listo para dar fruto y compatir su alegría con los demás.

Pero la empujó lejos de sí, pensando que sentirse vivo, caminar, abrazar y amar era demasiado para lo que era su existencia, y que ella podría dar y encontrar la felicidad en algún otro lugar. Irónicamente, trato de vivir sin tener vida.

Desde la habitación se le puede ver. Sigue en pie, pero ahora está muriendo.

A veces las personas se parecen tanto a los árboles... y a la lluvia.

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