martes, 27 de septiembre de 2011

Lo peor que (me) puede pasar

Abrí los ojos y miré el despertador. Aún era temprano, así que decidí girarme para dormir un poco más. Entonces me di cuenta de que el silencio de la habitación me aturdía y pensé que el ser humano puede llegar a ser muy infeliz. Fue un sentimiento sobrecogedor, inmenso.

Y recordé la frase que actualmente estoy programando en mi cerebro: ¿qué es lo peor que me puede pasar a mí?

Muchos acostumbramos a medir el resultado o valor de nuestras decisiones/elecciones exclusivamente en función de lo peor que puede pasar (a otros), y no vemos aquello a lo que renunciamos. Como consecuencia, podemos terminar haciendo cosas con desgano y hasta con dolor.

Borrar de mi cerebro ese mecanismo sutil y perverso no es fácil, creo que para nadie lo es… pero ahí voy. Lo difícil es aceptar que para muchas decisiones y sus consecuencias, para muchas (muchísimas) cosas ya hechas, no hay paso atrás. Así se nos va la vida, el amor, nuestras carreras o lo que queremos hacer de ellas, aventuras y experiencias enriquecedoras, familia, hijos… y nos enterramos en el fango de lo conocido, de nuestra mal llamada “zona de confort”. Claro, también obtenemos otras cosas a cambio… pero lo que creemos que es lo peor que puede pasar, en ocasiones no se compara con lo peor que nos hacemos a nosotros. A veces nos convertimos en una especie de zombis, sin nada que dar a los demás.

Y para colmo de males, llorar nos está prohibido. ¿Cómo poder explicar, al mundo y a ti mismo, que haces lo que no quieres… y además lloras por ello si es algo que decidiste? A mí me ha servido esta experiencia para llenarme de lágrimas, que hasta tengo miedo de causar una inundación si se me escapan… ¿Ven? Aquí estoy pensando otra vez en los demás. Quizás debí haber dejado que todas esas lágrimas salieran en su momento… llorar porque te fuiste, por dejarte ir, por lo que no vivimos…

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