Desde pequeño me sentí extraño porque mis manos eran diferentes.
Manos de viejo. Manos llenas de surcos, de arrugas. No eran como las de otros niños.
Manos que lucen como las de aquel que ha trabajado con ellas toda la vida, como aquel que ha arado la tierra para sembrar semillas, para arrancar la mala hierba, para cosechar después de esfuerzo.
Manos como las de aquel que ha dicho adiós tantas veces.
Manos que hablan del pasado, que forman parte de los recuerdos.
Con el canto de mis manos seco mis lágrimas. Manos con vida. Manos inertes. Manos que te dejan ir, que quieren sostenerte y no pueden. Manos que buscan acariciar, manos que sólo tocan el aire.
Manos que hablan de sueños, que son premonitorias. Manos blancas, que no dicen nada.
Son manos que, aunque extrañas, son ahora las únicas que conozco, con las que puedo vivir. Cualesquiera otras me son extrañas.
Lo que es extraño para otros, un misterio, es para mi cosa de todos los días.
Y todo esto me lo han enseñado mis manos diferentes.
Manos llenas de cosas para ti. Manos vacías. Manos que delinean tus labios y que acarician tu rostro, manos que te extrañan.
Manos en las que tus manos se ven más bonitas. Manos que no te olvidan.
Todos los derechos reservados A. F.
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